Lc. 6, 43-49: ¿Por qué me llamáis Señor, Señor, y no hacéis lo que os digo?
El año pasado tenía un sueño. Me enteré por ahí de la Jornada Mundial de la Juventud.
Me emocioné. Creí que ya estaba hecho, ya me imaginaba ahí. Me emocioné aún más al compartir mis deseos y darme cuenta que era posible para mis papás y que mi amigo y mi prima querían asistir con las mismas ganas.
Este sueño invadió mis pensamientos y me llenó de alegría. Sabía que era lo que Dios quería, ¿cómo no iba a querer Él que yo asistiera a Madrid, si me estaba encargando de SUS asuntos? Bueno, creí saberlo, creí estar dentro de la mente de Dios y estar segura de lo que Él tenía planeado en mi vida.
Este año la situación se complicó un poco...
Comenzaron las dificultades económicas en mi familia y no podía exigir nada sabiendo que mis responsabilidades son pocas y que las prioridades son diferentes.
Comenzaron las dificultades económicas en mi familia y no podía exigir nada sabiendo que mis responsabilidades son pocas y que las prioridades son diferentes.
Pero ¿qué podía hacer cuando los deseos más profundos de mi corazón estaban tan centrados en la JMJ?
Pensaba en las personas que asistirán, me ponía triste, lloraba mucho, algunas veces me dejaba llevar por sentimientos más feos aún y me enojaba. Dejé de asistir a las formaciones, en lugar de seguir llegando y fortalecerme. Aunque por esto no quiero dar a entender que me alejé de Dios. Creo que me abracé a Él con muchas fuerzas para que me permitiera soportar el hecho de que simplemente no era para mí estar en la JMJ.
Pero no estaba en realidad aceptando la voluntad de Dios. Estaba rogando por un escudo, una burbuja que me ayudara a ignorar los sentimientos que vivía. Muy en el fondo seguía a la expectativa de un milagro de último minuto.
Y el milagro no llegó como yo quería, solo Dios conoce lo que es bueno para nosotros y nos responde; “sí”, “te lo daré pero no aún”, “tengo pensado algo mejor para ti”. Él es tan bueno y amoroso que nunca escucharemos un No de su boca, tenemos un mundo de oportunidades si lo hacemos en su nombre y dejándonos guiar por sus designios.
Así que el momento en el que recibí una respuesta definitiva para saber que no iría a la JMJ llegó, tenía que escucharlo para comprender que la actitud que tomé esos últimos meses fue innecesaria, la JMJ es una fiesta inmensa y tan especial que estoy segura que en otro momento de mi vida podré presenciar de la mano de Dios.
No tenemos por qué deprimirnos cuando nos damos cuenta que la voluntad de Dios no es igual a la nuestra; “los caminos de Dios son misteriosos”. A pesar de lo lejos que lleguemos en nuestro camino, “Dios hace camino con nosotros”, y bastará un momento que nos haga cambiar de rumbo y en el que tendremos la decisión en nuestras manos; porque Dios dispone, pero nosotros tenemos la actitud.
Leí que si la voluntad de Dios no es aceptada gozosa y obedientemente, algo no está bien; si no aprendemos a disfrutarlo, no encontraremos alegría, enseñanza, ni crecimiento en ese camino por el que andamos.
Admiro a las personas que se abandonan en los brazos del Señor para hacer su voluntad con alegría y humildad. A mí me costó bastante tiempo aprender que mi mente nunca entenderá las cosas de Dios. Pero el amor que sentimos por Él debe ser más fuerte que nuestra voluntad, y así, en cualquier momento donde veamos nuestros planes “truncados”, comprendamos que es Él actuando y salvando nuestras vidas, guiándonos a algo que puede y debe ser mejor.
Les deseo de corazón a todos los peregrinos que la JMJ sea una experiencia que renueve sus vidas y sus corazones, y que al regresar a Guatemala sigan siendo centinelas que lleven el nombre de Cristo en alto, y que todos nos unamos para hacer crecer este Reino de Dios.
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